En nuestro recorrido por Transilvania, desde la ventanilla del tren descubrimos una naturaleza serena de llanuras verdes que por momentos se volvía más accidentada según nos acercábamos a los Cárpatos, salpicada de pequeñas aldeas en las que las escenas rurales se repetían, caballos y vacas pastando en las praderas y rebaños de ovejas guiados por su pastor, mientras en el campo los campesinos se afanaban en trabajar la tierra de forma totalmente manual, estampas cotidianas que bien podían protagonizar una postal. Transilvania, tiene fortalezas e iglesias y sus pueblos conservan bellas ciudadelas que encierran en sus murallas un casco histórico medieval, con un entramado de calles empedradas que se distribuyen en torno a la plaza central que concentra iglesias, ayuntamiento y palacios. Pero Transilvania siempre estará ligada al nombre de Drácula, inspirado en la figura de Vlad Tepes, el príncipe de Valaquia que habitó estas tierras y pasó fugazmente por el mítico castillo de Bran.
