Cae la noche sobre Rabat mientras paseamos por la Kasbah de los Oudayas, los turistas han ido desapareciendo poco a poco, no sabemos si por temor o por otro motivo, caminamos por el entramado de angostas y empinadas callejuelas que conforman este pequeño barrio amurallado, donde reina el silencio, interrumpido sólo por el relajante sonido de las olas del Oceano Atlántico que rompen con fuerza en los diques del puerto y por la llamada a la oración del almoacín desde la mequita Jamaa-Al-Atiq, la más antigua de la ciudad.